Disparejos
noviembre 22, 2011
Cerré mis manos esperando no volverme violenta,
el ardor del fondo de mi estómago me fruncía el ceño.
Estirada sobre las puntas de mis pies me atacaba la ansiedad,
y alzando la vista pude sentir tu marcha cautelosa sobre mi camino.
No son las líneas que brotaban de tus labios,
ni siquiera la mirada tensa en pos de acción,
era ese dialogo polémico que cantabas constantemente,
y la falta de suspiros ante mi imagen.
No fue el frío que azotaba mis brazos,
tampoco el ausente calor de tus besos sobre mi piel,
era la inconformidad de hallarme sumisa ante tu apatía
y la abrupta melancolía que sombreaba mi voz.
Poco a poco los granos de arena se hacían pesados,
quedando solo el recuerdo de tus dedos entre los míos,
junto al sabor de tus sueños mezclados con mis ilusiones,
y el desdén apoderado eterno de las ganas.
Conté las veces que sentí tu presencia
y calculé los días que nos quedaban.
Persistí de las sensaciones rebuscadas
decidiendo achicar nuestros destinos.
No era nuestro turno, ni la suerte se hacía presente,
sólo fue una mala jugada de unos dados indecentes.
Sin mojarnos de tristezas la despedida se encendió
marcando la salida a un cuento que nunca cuajó.

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